Ommmm

Querido diario:

Ya estoy en la Semana 37 del embarazo (para los novatos, se sale de cuentas en la Semana 40). Los moñas que escriben para el programa gente de La 1 dicen que el embarazo es "la dulce espera". Y una mierda. Yo estoy toda revolucionada. Mataría. Lo juro. Quiero que hagan unas nueva versión de REC, donde en lugar de zombies haya embarazadas en avanzado estado de gestación con muy mala leche y comiéndose cabezas de machos ibéricos. Yo me siento así, desde luego.

Tengo la necesidad imperiosa de limpiar. Es absurdo, lo sé, pero esta semana le he metido estropajo a la campana extractora, la nevera, los cristales de la cocina y el salón (ah, que no era niebla...) y le estoy mirando con ojos tiernos a los armarios.

Desde el domingo siento contracciones dolorosas. De cojones. En serio. Noto como algo se desplaza por entre mis caderas y lucha por encajarse. Mi barriga ha bajado y guau, me he visto las costillas después de nosecuantos meses. A veces duele tanto que me sube el dolor hasta la mmitad de la espalda y baja hasta las rodillas. Vamos a ver, no es un dolor superinsoportable, eso está claro, pero es como tener la regla a lo bestia. Pues así estoy desde el domingo. Me quedo baldada en el sofá jugando al solitario y viendo Madre adolescente en la MTV.

Hasta se me ha quitado el hambre, con eso lo digo todo.

Pero lo más divertido es que tengo una mala hostia legendaria. Zagloso, el pobrecico, se parte de risa. Pero mataría. Mataría al presidente de la comunidad, que dice que si quiero arreglar el portero tendríamos que ponernos todos de acuerdo para cambiar los interfonos. Y yo le digo: "pero es que la gente sube a mi casa haciendo llamadas perdidas o llamando al vecino y ya estoy harta. Y encima nos lo tomamos con tanta tranquilidad que cambiar el tejado ya nos supuso un año. ¡No puedo esperar otro año al portero!"

O el gilipollas del Mercadona, que hago la compra preparto (viene a ser lo mismo que preparar la despensa ante un apocalipsis inminente, es decir, latas de atún, leche y litros y litros de agua) y es incapaz de dármela a la hora.
-Ay, es que la estuve llamando pero tenía el teléfono apagado. La he llamado dos veces.
-Imposible, llevo desde las nueve pegada al móvil y no ha sonado.
-Si, mire, aquí está el teléfono bien puesto- y me enseña la factura.
-Vale, ¿y cual has marcado?
Lo mira y dice:
-Ay, es verdad... Bueno, también es verdad que me equivoqué de portal. Pensaba que era el número 113 en lugar del 13.
-Claro, por eso llevo esperándote dos horas y yo tengo cosas que hacer y me has pillado saliendo por la puerta porque tengo vida, ¿sabes?
El gilipollas sonrie con cara de ameba y yo pienso que estoy sin curro pero que sería capaz de hacer su puto trabajo con los ojos cerrados.

El mecánico, ese ser. Le entrego mi coche para que me quite los bollos y raspones y me cambie la luna delantera.
-Serán siete días.
-Vale.
Me llama a la semana.
-Oye, no, que te lo entrego a finales de esta semana.
-Pufff.
Entre medias, tenemos que ir a urgencias porque me pongo fatal y tuvimos que coger tres taxis tres.
-Oye, que el coche no estará el viernes...
-Pues empieza a ser un problema porque necesitamos el coche.
Me lo entregó 17 días después. El coche está impecable, parece nuevo. Pero resulta que las gomas laterales se le han despegado y de paso me han desconfigurado la radio. Coño, que te lo llevé para que me lo arregles, no para que vuelva con más desastres.
-Bueno, si eso vienes y te lo arreglo.
Pero no puedo conducir porque me dan contracciones de la ostia y temo que me dé un arrechucho de camino.

Y luego está el mamón del parquet. Que lo tengo abombado, pero el muy gilipollas no viene, pese a que le estoy llamando desde hace un mes.
-Oye, que estoy a un paso del paritorio y no quiero que vengas a arreglármelo cuando el bebé esté en casa.
-Es prioridad absoluta. Esta semana vengo.
-Vale.
Han pasado dos semanas. Le llamo:
-Oye, ¿tú no tenías que venir?
-Ay, siiiii... Espera, te llamo esta tarde.
No me llamó esa tarde ni la siguiente. Le tuve que llamar yo.
-Que qué pasa contigo.
-Mira, mañana voy sin falta. A mediodía o por la tarde. No lo sé.
-¿Me lo confirmas?
-Esto... espera que hago una llamada y te lo confirmo.
Pa que va a devolverme la llamada. El tio es gilipollas y luego lloriqueamos porque hay crisis. Mamón, tú lo que eres es un incapaz. Te mereces que se te hunda la empresa y juro que cada vez que me da una contracción me acuerdo de ti y tu cabezón y tu pelo sucio y tu sonrisa estúpida que me suelta: "Uy, esto del abombamiento es normal... Y si se te han despegado los rodapies es por la condensación y la humedad de las ventanas".
-Ya, por eso se me han despegado en tooooodas las habitaciones.

Pero lo peor de todo, lo juro, es la pachorra de Zagloso. Sonríe, es feliz, está relajado... Viene a casa contento, me da un beso, le dice cosas a mi barriga, Inés me pega patadas respondiendo, y se pone a hacer la comida o la cena o limpia lo que yo no he podido hacer porque he estado entretenida sufriendo, odiando al presidente de la comunidad, al del mercadona, al mecánico, al del parquet... Como se puede odiar tanto!!!

Mi libro digital

Zagloso es un santo varón y estas Navidades se ganó con creces el título. Ahí estaba yo, en Papúa, desproticando de los libros electrónicos:

-Menudo asco, donde esté el papel. Quita, quita... y encima la gente ahora se baja los libros. Y pagar 100 euros por un cacharro de esos.

Zagloso levantó la ceja, luego se levantó de la silla, salió de la habitación y volvió al cabo de medio minuto con una caja.

-Toma, tu regalo.

Palpé la caja, comprobé su peso y sólo pude decir:

-Coño.

Si, era el maldito kindle.

-Esto.... que bien....

Pero que va, estaba planchadísima porque tenía unas expectativas muy altas de mi regalo de Navidad. Ni idea de lo que quería, pero me esperaba algo muy guay. Luego Zagloso se puso a razonar:

-A ver, Perli, te vas al médico y al paro con librazos de 1.000 páginas y claro, luego me dices que te duele la espalda. Y luego está que te quedas dormida con el librazo encima de la barriga y paso pena por Bicho.

-Claro, claro, visto así... Pero no pienso dejar de comprar libros, que lo sepas.

-Vale.

-Y tampoco los pienso piratear.

-Me parece bien.

Y estuve con mi regalo moña durante un par de días mirándolo del derecho y del revés, un poco jorobada. Hasta que tuvimos que hacer las maletas y montarnos en el avión y ¡eh! ¡un momento! ¡mi bolso es ultraligero!

Entonces me empezó a molar el kindle y lo cargué de libros gratis del Amazon, que son todos muy decimonónicos. Así, esto es lo que ya me he leido desde el día de Navidad:

-Arroz y tartana, de Blasco Ibañez. Cojonudo. Cuenta como una señora valenciana se entrampa para llevar un nivel de vida altísimo porque hay que casar bien a las niñas, que tienen que estrenar vestido día sí, día también. Como de aquellas no había tarjetas de crédito, recurría a los prestamistas y usureros. ¿Os suena de algo?

-Tiempos difíciles, de Dickens. Un payaso deja abandonada a su hija porque no tiene dinero y la deja en manos de una familia muy neocon. La pobre, que tiene alma de artista, lo lleva fatal y echa mucho de menos a su papá y a su perrito. Me acordé mucho de mi padre, me entró congoja y tuve que dejarlo al 20 por ciento.

-La abadía de Northanger. Una chuminada de Jane Austen. Jovenzuela de 17 años se pira a Bath de vacaciones y conoce un chico monísimo que tiene un casoplón (la superabadía), pero hay otro que en los bailes está todo el rato detrás de ella. El Plasta la sube en su carro y le suelta un rollo enorme sobre la potencia de sus caballos y lo que molan sus caletas y demás vehículos. Vamos, que es lo mismo que si te subes al Seat León de un tunero y te pone la cabeza todo loca. Oh, que indecisión, ¿con cual me quedo? ¿Con el tunero que me ha pedido en matrimonio o me espero al otro, que está más rico y encima tiene posibles? No os voy a desvelar nada, pero si habeis leído algo de Jane Austen ya sabeis como termina el tema. Sí, en boda.

-El sí de las niñas. Pues lo que no hice en el instituto por desidia y porque tenía una imagen que preservar ante los colegas, lo estoy haciendo ahora al borde del paritorio. Ya sabeis: moza casadera y pobre es emparejada en contra de su voluntad con un señor anciano y con dinero. Lo que viene siendo comprarse una chati.

-Fortunata y Jacinta. Oye tú, que son más de mil páginas y no me pesa nada el bolso, ¡así da gusto! Culebronazo nacional, donde un chaval de buena familia se lía con jaca de baja estofa y la deja embarazada. El chico se casa con una joven de su clase, que está todo loca de celos y encima no puede procrear. A la muchacha se le está yendo la cabeza y sólo estoy al 14 por ciento. Ah, y Galdós escribe de puta madre.

En papel me terminé la Cúpula de Stephen King (puff, 1.200 páginas que se podían haber quedado en 500) y Confesiones de un chef de Anthony Bourdain, regalo de Reyes de Zagloso.

Lo único malo del kindle es que ya no puedes ir de tía interesante. Nadie sabe que estás leyendo a Keruac, que eso a los tíos les da un plus (o les espanta, no lo sé) o Dostoievsky. Aunque, bien mirado, tampoco se dará cuenta nadie de las chuminadas que estás leyendo, tipo Soy un zombie eduardiano.

Sujetador de barrigas

Me han puesto un cinturón para sujetar la barriga. Resulta que ya la tengo tan grande, que cuando caminaba me daban calambres. Yo pensaba que eran las famosas contracciones de Braxton Highs, que son las que tienes en plan entrenamiento hasta que llega el momento del parto y tienes las de verdad, las de gritar y estrujar la mano del padre de tu hija mientras le gruñes:

-Es la última vez que me miras con ojos tiernos y me fertilizas a traición.

Pero la comadrona me dijo el viernes:

-Esos dolores que tienes no son contracciones. Es que tus músculos abdominales no pueden con el peso.

Que es lo mismo que decirme que mi estado de forma previo a la fertilización era malillo, lo que se une a que la Bicho-Inés va tomando proporciones míticas, de la talla de 'Pero si ha salido criada!!'.

Total, que ya tengo un cinturón con el que salgo a andar y, oyes, parece una tontería, pero ahora ya alcanzo la velocidad de crucero de cinco kilómetros por hora. Ya no me bamboleo ni anadeo, pero sigo siendo torpe y lenta. Y he conseguido enseñar a Zagloso a coger mi ritmo. Me coge de la mano y él intenta tirar, pero yo estiró el brazo y soy como esas dueñas de perrillos inquietos que intentan sujetar a la fiera. Pues lo mismo.

El sábado pasado, para más inri, hubo espectáculo. Me fui con Corresponsal en Palma y Srta. Bulería a tomarme un café cerca de los juzgados donde andaba Urdangarín. No veais que ambientazo. La de republicanos y jubiletas del Imserso que había! Señores de Santander haciéndose fotos junto a la policía, anciana con bandera republicana ultraindignada, periodistas en paro como una servidora saludando a los colegas...

Hasta que empecé a marearme. Pensé que podía ser por una bajada de azúcar, así que me pedí un donut y un zumo. Me comí medio donut pero me seguía mareando y temí caer redonda al suelo. Y pensé: "A ver quien te recoge del suelo si te desmayas, Perli, que ahora pesas un quintal". Así que dije la temida frase:

-Creo que debería ir al hospital.

Zagloso estaba trabajando y Corresponsal y Srta. Bulería se fueron corriendo a pedirme un taxi. Llegó el taxi y el conductor me miró la tripa:

-¿Estás de parto?

-No. Creo que no.

Intenté comprobar si había roto aguas pero estaba nerviosa y empecé a sudar como un pollo y el taxista encima se hacía un lío para ir al hospital y yo tenía que gritar:

-Por ahí no, por allá!

Mientras tanto, el tipo les contaba a mis acompañantes el parto de su señora, que hace dos años que tienen una niña que se llama Zaida. Y nos dijo:

-¡Mirad!

Y se descubría el antebrazo con un peazo de tatuaje escrito en Comic Sans tamaño 68.
Llegamos a urgencias, me montan en una silla de ruedas, me meten en un ascensor (y no protesté, flipa) y agarré la mano de Corresponsal porque estaba un poco asustada. Me meten en una consulta y empiezan a sacarme sangre y a hacerme preguntas:

-¿Ha sangrado? ¿Ha roto aguas? ¿Toma drogas?

Si consideramos droga un donut a medio terminar... pues sí.

-Túmbese en la camilla pero antes quítese la ropa.

Me metí en el baño pero estaba en modo torpe máximo y tuvo que venir Corresponsal a ayudarme mientras yo decía "ayayay..." de la vergüenza.

-Ahora ábrase de piernas.

Y te suben a ese potro de tortura en el que no cabía.

-Es que es un poco corto y yo soy muy larga.

-Usted, su hermana, puede pasar a ver la ecografía.

A Corresponsal le entró la risa porque no tenemos nada de parecido físico pero se pasó igualmente. Y entonces vimos la pantallita:

-Pues la niña está bien y tiene la cabeza arriba.

-¡Pero que dices!- la grité- Pero si ayer me dijo al comadrona que estaba abajo y le toqué la cabeza.

-Pues se ha girado hoy.

Ahí caí en la cuenta de que la noche del viernes y la mañana del sábado Inés había estado muy inquieta y pegándome tal cantidad de patadas que me sentí como un sparring en manos de Rocky.

-Pues vaya.

-Pues ese podría ser el motivo del mareo. Lo siento, pero es posible que tengamos que hacerle la cesárea llegado el momento.

Mientras, entraron otra ginecóloga y más enfermeras. Una me tomó el azúcar, otra se ponía a mi lado y me decía:

-Si te portas mal no te ponemos la epidural.

La ginecóloga me dice:

-Te voy a palpar.

Y entonces descubrí la diferencia entre las contracciones de entrenamiento y las de verdad, cuando noté una presión en... en la puerta de salida y un dolor chungo y extraño. Grité. La enfermera y la ginecóloga me gritaban a su vez:

-Respira, respira!

Y yo pensaba: "¡Pero si es lo que estoy haciendo!".

-Coge aire y échalo despacio por la boca. ¡Despacio!

Pero que puñetas, eso dolía demasiado para coreografiar mi respiración.

-¡Eso me ha dolido!

-¡Pues ya verás el día del parto!

Mientras, Corresponsal me cogía de la mano. No se la estrujé ni la dije: "La próxima vez que me mires con ojos tiernos te como a bocaos".
Luego me mandaron a un sillón y me pusieron unos cinturones en la tripa para comprobar como estábamos Bicho y yo. En eso llegó Zagloso con los papeles que me había dejado en casa.

-¡Zagloso!

-¡Perli!

-¿Cómo estás?

-¡Tengo hambre!

-¿Y la nena?

-Se ha dado la vuelta. Ahora la tengo arriba.

-¿Otra vez?

-Pues ya ves... Tengo hambreeeeee...

Zagloso se acercó a mi tripa y empezó a ensayar su papel de padre de familia.

-Inés, ¿qué te tengo dicho? Que te pongas bocaabajo de una vez!!!

Pero sospechamos que Bicho va a hacer lo que le dé la gana y nos va a torear. Han pasado tres días, sigue de nalgas y ahora las patadas me las da en la vejiga. Empezamos bien la convivencia...

Cosas que hacer cuando estás en paro

Siempre miré el desempleo con envidia golosa por ese chorreo de horas libres. Lo dice una que llevaba diez años empalmando trabajo con estudio y luego, trabajo con trabajo extra con trabajo de fin de semana. Sin embargo, después de mis vicisitudes laborales ahora mismo tengo ante mi un abismo de tiempo libre que conviene llenar sea como sea por el bien de mi salud mental y el de MI Santo.

Aquí, las cosas que se pueden hacer cuando el tiempo se estira como un chicle.

1. Hacer la compra. Pero no en plan 'aquí te pillo, aquí te mato'. No, no, servidora es de las que selecciona con mimo los proveedores y puede permitirse vagar de una tienda a otra en busca de los mejores precios o las manzanas más maduras. Así, lo normal en mi día a día es
a) ir al banco a por dinero
b) ir a la carnicería del barrio, que tiene muy buen género
c) pasar por la frutería del barrio, que idem de lo de arriba
d) irme a cinco calles para ir a esa panadería en concreto, pasando de largo ante otros tres hornos de los que no me convence su pan
e) pasar por el kiosko, pero no el de al lado de casa que tiene todo desordenado, sino ese que está al lado de la panadería seleccionada.
f) ya si eso, por el Metadona porque no queda más remedio.

2. Hacer la comida. Pero nada fast food, por dios. Desde albondigas en salsa hasta unas patatas con costilla ahumada, croquetas, bizcochos, cocidos, lentejas a fuego lento, empanadillas de carne picada y salsa barbacoa, sopa de pescado con tropezones... Quedan desterradas las hamburguesas y los solomillos, en especial los segundos porque están a 35 euros el kilo.

3. Limpiar más que nunca. Desgraciadamente, ha coincidido con mi embarazo y agacharme para dejar la bañera como los chorros del oro significa dolor de riñones garantizado.

4. Pintar las puertas de una maldita vez. La pena es que no puedo andar con esmaltes ni aguarrás, no sea que Bicho-Inés y yo nos cojamos un pedo digno de Magalluf.

5. Ver la tele. Vale, eso ya lo hice los primeros cuatro meses. He visto Top Chef en Canal Cocina, Embarazada a los 16, Teen Mum y Ya no estoy gordo en MTV, Supernanny y Reforma Sorpresa en Divinity. Pero al final acaban repitiendo todos los capítulos. No he conseguido engancharme a Sexo en Nueva York, me parecen unas cuarentonas que van de treinteañeras que no hacen más que comprarse ropa y eso me indigna. Una vez puse el Sálvame, pero tuve que quitarlo a los 10 minutos.

6. Ver series y películas. Intento verlas con Zagloso, pero el muchacho me ha salido inconstante y a él lo que le gusta es zapear. Cojonudo. Luego llegó el pequeño incidente de Megaupload y las posibilidades se han reducido drásticamente. Snif...

7. Hablar con tus amigos. Tener al día las redes sociales. Llamarles por teléfono. Una vez hecha la ronda, incluso con aquellos que hace un par de años que no hablas, volver a tu encierro diario.

8. Hablar con desconocidos. Joder, tengo todo el tiempo del mundo y no sabéis la cantidad de parados y jubiletas aburridos que rondan las inmediaciones del Metadona. Iniciar la conversación está chupado. Estás en la cola de la carnicería y miras la carne a la espera de tu turno. Te acercas a una paisana y la dices al oido:

-Ay que ver, pero que frío hace.
-Pues hacía sesenta años que no nevaba en Malllorca...
-¡Qué me está contando!

No falla. Diez de cada nueve señoras te seguirá el rollo, especialmente si es a las 11 de la mañana. A partir de la 1 corres más peligro de que te contesten con monosílabos porque ya llegan los hijos o los maridos a casa y no tienen la comida hecha y "parece mentira, pero se me ha echado la mañana encima".

9. Leer. Pues desde que el Inem me acogió en sus brazos, me he zampado Ladrillo de tronos (sus cinco tomos con sus correspondientes 4.000 y pico páginas), Libertad de Jonathan Frenzen, La cúpula de Stephen King, Confesiones de un chef de Anthony Bourdain, Arroz y tartana de Blasco Ibáñez, Grandes esperanzas de Dickens, El sí de las niñas y ahora ando con Tiempos difíciles. Y todo esto pese a que me quedo frita a los diez minutos y con el libro en la mano. Es fascinante lo que puede dormir una cuando está embarazada...

10. Ah, gestar. En ello estoy.

P.D. 1.
11. Recrearte en la crisis. Es fácil: sólo hay que leer la prensa, escuchar la radio, salir a la calle y decirle a alguien: "Ay que ver, como está la cosa...". Hacer la cola en el Inem para sellar la tarjeta también vale. Si eres un parado destroyer, puedes mortificarte viendo programas de testimonios de desahuciados, autónomos sin esperanza y, redoble de tambores, Los lunes al sol. Tú mismo pero yo aún no me he atrevido a dar el último paso.

La expulsión

Nueva clase de premamás. Nos sentamos en círculo y las reto con mi mirada miope a todas. Sí, tengo la barriga más grande del salón, pese a que sólo estoy de 32 semanas. Las otras, algunas con un pie en el paritorio, la tienen igual más hacia delante, más abultada. Pero la mía es annnchaaa como un globo terráqueo.

Nos ponen una película, Bebés, por el rollo ese del vínculo, es decir, asegurarse de que vas cogiéndole cariño a tu feto. La tele es pequeña y nos sientan a 10 metros de la pantalla, así que veo mas bien poco. Me veo tentada de quedarme dormida, pero Bicho-Inés está peleona y me mete un par de rodillazos en los pulmones.

Tras la película, llega el momento de las preguntas en clase. Desde que pasa con los gatos cuando nazca el niño a que hago para llevármelo a un restaurante. Todos somos novatos y se nos nota requeteperdidos. Yo, mientras tanto, voy pensando en la merienda: una bolsa de cruasanes de chocolate que he guardado en la despensa, jurl jurl.

Llega la hora de irse. Nos levantamos y nos ponemos los abrigos. La comadrona nos dice:

-Por cierto, en la próxima clase toca expulsión.

Puñetas, ¡pero si resulta que esto es Gran Hermano!
Pues yo pagaría porque me nominaran y me expulsaran ya del grupo. ¡Que la barriga me empieza a pesar mucho y no puedo dormirrrrr!

Lapiedra, ¡estoy aquí!

Estoy embarazada de 31 semanas, es decir, que me han mandado directa a las clases prenatales. Yo creía que me quedaría siempre así, con esta barriga que crece de semana en semana, y ya me estaba acostumbrando a mi anadeo callejero.

Pero he aquí que la comadrona me dijo hace poco: "Es posible que te tengamos que hacer la cesárea. Ah, y aquí tienes unos papeles para informarte de la epidural".

-Jijijiji- contesté, que es lo único que puede decirse cuando tomas conciencia de que el embarazo tiene fin y parece que va a ser doloroso.

En clase estamos todo tipo de panzonas:

-las que van con pareja y se cogen de la mano

-las que dan codazos a su pareja porque se quedan dormidos ante la charla de la lactancia y la diferencia entre succionar y mamar (oh, sí, es todo un mundo!)

-las que tienen poco más de 21 años, van por su segundo hijo y se ponen moradas de cocacola light y tortitas de maiz.

-las que vamos solas, tenemos hambre, sueño e intentamos recordar entre cabezadas que todo lo que nos digan en clase luego hay que contárselo al padre. Eso, si has tenido suerte de quedarte frita.

Y luego están las preocupaciones de las que están haciendo colar para ir al paritorio. ¿Me hago el enema en casa o que me lo hagan en el hospital? Es más, ¿vengo rasurada por mi misma o les digo que me dejen todo al natural?

¡Ja! Acojona, ¿verdad? Yo me pegué un buen susto y se lo grité a Zagloso desde la cocina mientras él se batía en duelo con un francés de 13 años en un partido de baloncesto con la Play 3 contectada a Internet.

-¡Zagloso! ¡Que ya están preguntando por los enemas y los rasurados para el Día D!

Zagloso paró la partida, se levantó y vino hacia la cocina.

-Oye, ¿tú te estás preparando para el parto o para hacer una película porno?

Ampliaciones de capital (y de caderas)

Parece ser que cuando una mujer se queda embarazada, somos la presa ideal para mitos, mentiras y cualquier cosa que nos meta miedo. Como si el feto fuese un ser mítico ultradelicado que no soporta ni que respiremos el aire de ciudad, como si fuera el último unicornio.

Lo normal es que las novatas no tengamos ni puta idea de muchas cosas, así que recurrimos a Internet. Y ahí es cuando te topas con cualquier tipo de opinión e información, sin contrastar. Cualquiera está capacitado para responder, pasando olímpicamente del consejo del ginecólogo, comadrona, médico de cabecera o farmaceútico. Total, ¿cómo no va a tener más razón una completa desconocida que contesta en un puto foro?

He leido de todo:

1. La que te dice "hazme caso, la anestesia de dentista es mala para el bebé". Así que la tipa te recomienda sin despeinarse que vayas a la consulta y te sometas al tratamiento a pelo. A lo Vin Diesel. Claro, seguro que es mucho mejor para el bebé notar el dolor de la madre, si es que lo nota claro. Porque yo estuve tres días con gastroenteritis, sin apenas comer y vomitando cual niña del exorcista y la ginecóloga de urgencias me djio: "no te preocupes, la nena no se está enterando de nada".

2.La que dice en un foro: "He tenido depresión, tengo ansiedad, estoy embarazada y el ginecólogo me ha dado passinflore". También pueden mandarte valium o diazepan, lo sé porque me lo ha dicho mi ginecólogo y él mismo me ha dicho que me lo puedo tomar sin problemas para montarme en el avión. "Tenemos pacientes que se lo toman todos los días durante el embarazo", me dijo.

Pero su opinión formada (pese a sus años de estudio de Medicina, pese a su especialidad, pese a haber superado el MIR, pese a su experiencia profesinal de décadas) vale menos que el de una pirada que en el foro una tipa suelta "mira,yo te entiendo xke soy nerviosa y ademas tomo lexatin (no estoi embarazada)pero yo te aconsejo ke no tomes acsolutamente NADA.tu gine te a dicho ke puedes y la decision ligikamente es tulla,pero yo no tomaria nada". Sólo por sus faltas de ortografía la mandaría a tomar por saco.

3. Volvemos con el tema del peso. Te sugieren, te informan, te obligan a no pasar de los 10 kilos de media por embarazo. Total, que me subo a la balanza y en mis siete meses y medio de embarazo llevo... ¡tachán! ¡12 kilos! El último día que me pesó la comadrona había cogido cuatro kilos en 15 días, justo después de Navidad. Se me cayó el alma a los pies.

Vale, confieso que en una semana lo más grande (grrr, turrón de chocolate Suchard!), aunque creo que hice lo que todos. Si hay un polvorón en el plato, no vas a dejarlo ahí solito y triste, ¿no? Tampoco me ayudaron las más de ocho horas de viajes en avión y en tren para llegar a Papúa. Me tiré una semana con los pies hinchadísimos y las botas no me entraban. Zagloso me miraba preocupado porque mis tobillos habían doblado su tamaño y la alianza me apretaba.

Cuando la comadrona me pesó, justo después de mi semana pecaminosa, se me saltaron las lagrimillas.

-Pero si yo he comido como el resto de la gente. Bueno, he comido mucho, ¿no? Pero la gente normal no engorda cuatro kilos en 15 días...

La comadrona, a la que le saco cabeza y media, me cogió del hombro.

-¿Has tomado sal?

-Sí.

-Pues ya está.

-Pero es que llevo ya 12 kilos y eso ya son dos más de los que me tocan para los nueve meses.

Me mira de arriba abajo y me sonrié.

- Esos 10 o 12 kilos son orientativos para mujeres de metro sesenta. ¿Cómo no vas a coger más peso?

Claro, si yo saco 20 centímetros a la media nacional. Ahí tenía razón.

Es más, normalmente las mujeres tienen niños de 2,5 kilos pero yo estoy segurísima de que Bicho se pondrá en los cuatro kilos. Lo sé porque en las clases prenatales me comparo con mis compañeras que están a punto de caramelo. Ellas tienen menos barriga que yo, más abultada hacia delante, pero son barrigas pequeñas encajadas en caderas estrechas. La mía es redooooondaa y enooooormeeee, pese a que aún no sobresale mucho y me veo aún los pinreles.

Me veía en el espejo, con las piernas aún delgadas pero con una barriga enorme.

-Joder, si parezco una cigüeña.

Eso era precisamente lo que me llamaban en el instituto.

Así que volví a casa con la tranquilidad de que puedo comerme un bocadillo de jamón york y queso sin caer en la obesidad mórbida. Luego me puse a consultar con madres recientes y muchas me tranquilizaron:

-Pues yo sé de una que es como tú de alta y cogió 26 kilos. Y se recuperó al mes.

-Yo cogí 20 kilos.

-Mi señora cogió 30 kilos (¡!) con la primera y ya está como antes.

Así que me queda la sensación de que estar embarazada, ahora mismo, es como un pecado estético. Se nos quiere fértiles y con barriga, pero no se perdona que la madre naturaleza nos dote de reservas de grasa y nos amplíe el apetito que nos prepara para el parto y la crianza. Está como feo subir en la báscula y pesar mucho más de lo que estás acostumbrada. Hasta yo misma debo recordarme que estoy fabricando una niña, con sus pliegues de grasa, con sus carrillos, con sus pies y sus manos llenos de carne y huesos. Y su cabeza, que si sale tan grande como la del padre le supondrá una mente privilegiada y muchas tardes de discusión por su testarudez.

La culpa no es de los demás, que conste. Es mía por agobiarme. Y éste parece un post defensivo, pero lo cierto es que cuando he hablado con madres con sentido común (como Quelitas, Terche, Bili o Neus), todas me echan abajo los mitos: prepárate para ensancharte y sufrir y estriarte. Pero nena, esto es lo más grande...

P.D. Después de esta matraca, otro día hablaré de la presión para que las niñas se conviertan en princesas-gilipollas vestidas de rosa y para que compres todo de marca si quieres un hijo sano y que no te lo quiten los de asuntos sociales por utilizar marcas blancas.